El cambio climático no es un asunto que nos vaya a afectar solo en el largo plazo: ya estamos viviendo sus efectos, y los más costosos están a la vuelta de la esquina.

Sonará increíble, pero, true story, aún les piden libros a los niños en la escuela. Al menos a mi hijo se los pidieron, así que aproveché para hacer una de las actividades que más disfruto: perder el tiempo en alguna librería. Eran las seis de la tarde y hacía calor, tomé la bicicleta y fui a la librería Rosario Castellanos en la condesa.

Aunque fui a ritmo lento, llegué a la librería sudando. Esto me llevó a pensar que, para ser febrero, hacía mucho calor. No sé si sea el febrero más caluroso en la historia de la Ciudad de México, pero en mi percepción así lo es. En mi camino noté que hay muchas construcciones en proceso, ese hecho me ilusiona por dos razones; primero, porque quiere decir que la economía marcha bien y la gente puede hacerse con un patrimonio; segundo, me gusta la idea de tener vecinos nuevos.

También me preocupa porque la exigencia de recursos aumentará con esas personas, en especial, el agua. Ahora mismo tenemos un abastecimiento suficiente pero ¿Cuánto tiempo seremos capaces de soportar el crecimiento de las ciudades? Porque es innegable que el cambio climático nos afecta de diversas maneras, entre las cuales están la extinción de animales, el deshielo de los polos, el aumento del nivel del mal, los huracanes, los incendios, las sequias, las ondas de calor, entre otras.

Todavía hay personas que ponen en duda el cambio climático, o creen que es algo cuyos efectos se están viviendo en otros lados y no aquí, pero no es verdad. De los efectos mencionados arriba puedo señalar algunos que ya afectan directamente a la Ciudad de México. Por ejemplo; los huracanes, ya sé que a esta ciudad no pegan los huracanes directamente, pero sus efectos se dejan sentir con lluvias atípicas, que aunados a la basura que tapa las alcantarillas se traduce en inundaciones. Las ondas de calor, mismas que se agudizan en las ciudades por diversos factores imputables a la actividad humana, provocan una diferencia de temperatura de por lo menos 3ºC en su entorno.

Esto me llevó a preguntarme ¿Qué estamos haciendo como sociedad para mitigar el cambio climático? Sé que se hacen esfuerzos importantes, sobre todo en lo que tiene que ver con el transporte de personas; los coches eléctricos o híbridos y el uso de bicicletas o scooters. También en lo que tiene que ver con modificar nuestros hábitos de consumo; no usar tanto plástico, no pedir popotes y un largo etcétera. Pero ¿Realmente esto funciona o es suficiente? ¿Estaremos tratando de curar un cáncer con un analgésico? ¿Somos hipócritas como sociedad haciendo cosas que no sirven de mucho pero que nos liberan de responsabilidad? ¿Nuestras “soluciones” contaminan menos o contaminan igual e incluso más pero lejos de dónde vivimos?

La industria de la construcción

Nuestros hábitos de consumo tienen una gran repercusión en la contaminación del planeta y vemos las consecuencias en el cambio climático. Pero también este cambio se debe a los lugares que elegimos para vivir. El sector inmobiliario tal vez sea uno de los más rezagados en cuanto a investigación e innovación. Se innova mucho en cómo financiar proyectos, pero la manera de construir es muy parecida a como se hacía hace decenas de años; si pensamos en términos de otras industrias, por ejemplo, la de las comunicaciones, parece una eternidad.

Hay eventos que hacen que las cosas cambien de manera importante. El sismo de 1985 probablemente es el evento que provocó el último cambio importante en la manera de construir en la capital. El cambio climático debería ser ese nuevo evento que nos ayude a pensar diferente nuestras construcciones. Se piensa que colocando celdas fotovoltaicas o azoteas verdes es suficiente, pero se nos olvida que la contaminación que provoca la fabricación de esas celdas es muy alta, además, los costos en los que se incurre por el mantenimiento de una azotea verde no son un tema menor. Así que esas medidas no son tan verdes como parecen.

¿Qué hacemos entonces? ¿Existe la arquitectura orgánica o verde o cómo se llame? Pues sí existe y para implementarla no es necesario cambiar de religión o ser parte de una secta, basta con pensar las cosas de manera diferente. Hay que analizar el ciclo de vida de una edificación y saber que ésta no comienza cuando está lista para ser habitada. La vida de un edificio empieza con la planificación; ¿Dónde se va a construir, qué materiales se utilizarán? Termina con la demolición del mismo. Porque sí, hasta ese momento se sigue contaminando; de acuerdo con varias publicaciones periodísticas, se estima que el Estado de México recibe 15 mil toneladas de cascajo diariamente, y la contaminación que provoca es enorme.

¿Dónde construir y con qué materiales?

Prácticamente todas las ciudades del mundo han experimentado crecimiento, en otras palabras, se ha extendido la mancha urbana. Esto tiene como consecuencia la reducción de mantos acuíferos, desequilibrios en el medio ambiente por la destrucción de flora y fauna, aumento de la huella de carbono al provocar que las personas hagan mayores desplazamientos al ir a sus centros de trabajo y se incurre en mayores riesgos, al construir en terrenos menos propicios para vivir.

Es importante que los stakeholders de un desarrollo habitacional den prioridad a la concentración de personas en edificios más altos. Si bien, las regulaciones de la Ciudad de México limitan esta práctica, algunos desarrolladores continuamente buscan apoyo para que las construcciones sean más convenientes para las necesidades actuales de la sociedad. Parece poco, pero los beneficios de una vivienda que favorezca la concentración de personas en el corto, mediano y largo plazo son mucho mayores a colocar una palmera fuera del edificio.

La elección de materiales también es muy importante, pues la producción de cemento es altamente contaminante, pero no sólo eso, los materiales son extraídos de minas, cuyos efectos en el medio ambiente me resultan inimaginables. Sí, todo contamina, y no quiero ser fundamentalista, lo que quiero es hacer consciencia y dejar de pensar en la vivienda como un sistema lineal en el cual entran cosas, se utilizan y se desechan. Hay que pensar en una economía circular en la que se diseñen viviendas que tengan contemplado la reutilización de materiales, incluso cuando sean demolidas.

No hablo de reciclar, pues el reciclaje tiene sus trampas, aplicando métodos convencionales de reciclado, el plástico o aluminio derivado son menos durables, potencialmente tóxicos y a menudo menos útiles. Hablo de un doble uso, diseñar tomando en cuenta desde un principio posibles aplicaciones futuras, una vez haya finalizado su función originaria.

Utilización de la vivienda.

Una vez que se diseñó correctamente una vivienda, es decir, se eligió el lugar correcto, se le dio la orientación adecuada para aprovechar al máximo la luz del sol, se eligieron los materiales idóneos que permitan la absorción del calor y no sólo lo expulsen, contribuyendo al efecto invernadero; entonces se debe incorporar tecnologías que nos ayuden a utilizar la energía de manera eficiente e incluso a reducir su consumo. Por ejemplo: lámparas led y plantas de tratamiento y reutilización de aguas residuales, entre otras, son grandes soluciones.

A la hora de construir viviendas se deben hacer cálculos con cantidades exactas. Evitar la frugalidad y hacer uso del sentido común. Se debe minimizar el exceso, diseñar para la capacidad adecuada, adaptándose a las necesidades concretas de cada situación y usuario, evitando el “diseño universal”, es decir, “un tamaño para todos”, pues es muy costoso.

Permear estás acciones al entorno.

De nada servirá que nuestra casa esté a la vanguardia en acciones que mitiguen el cambio climático si el entorno no está igualmente equipado. Hay que ir avanzado poco a poco, pero sin descanso en cambiar la consciencia de los habitantes de la ciudad y su comportamiento. Por otra parte, los involucrados en el mercado inmobiliario deben ser más ágiles e incorporar tecnologías que ayuden a tomar decisiones en tiempo real, como ya lo hacemos con el tránsito de coches. Finalmente, la cohesión social, La sociedad tiene que jugar un papel muy importante y no dejar todo a las autoridades.

Pensamientos finales.

No quiero sonar alarmista, pero el cambio climático no es un asunto que nos vaya a afectar solo en el largo plazo: ya estamos viviendo sus efectos, y los más costosos están a la vuelta de la esquina. El aumento en el nivel del mar va a dejar ciudades inhabitables, los desplazamientos de personas y con ello la crisis humanitaria harán de otras ciudades “privilegiadas”, lugares precarios. Por si fuera poco, las pérdidas económicas serían incalculables.

Podríamos pensar que modificar la manera en que se construye vivienda y con eso la concepción que tenemos de sociedad es mucho trabajo y muy caro. Lo es, pero es más caro no hacerlo. Además, los desarrolladores que logren responder de mejor manera y más rápido a estas exigencias tendrán una ventaja competitiva que se traducirá en un magnifico negocio.

Hay mucho por hacer y eso es muy emocionante. Los desarrolladores de vivienda tendrán que incorporar a expertos en diferentes disciplinas que abran el panorama, diseñadores que den nuevas y mejores soluciones y estar más al tanto de las necesidades de los usuarios, esto lo lograran siendo más conscientes de la importancia e impacto de su labor. No se trata de simplemente hacer casas y venderlas, hay que ser responsables de nuestras actividades hasta sus últimas consecuencias.

¿Qué tiene que ver comprar un libro con los nuevos edificios y el cambio climático? Me podrán decir que nada. Tal vez fue un viaje intenso de mi interior al ir por un encargo de mi hijo, debido a que cuando uno es padre se hace más consciente de estos temas y del futuro, pues tener un hijo es como extender nuestra propia vida. ¡Involucrémonos!

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